Esta es la primera foto que puedo considerar que hice con intención artística. Era 2004 y había viajado con mi padre y mi hermano a Mérida (Venezuela). Allí se encuentra el teleférico más alto del mundo, que alcanza los 4.800 metros sobre el nivel del mar. La foto está tomada en el cuarto y último tramo, entre la estación Loma Redonda y Pico Espejo.
No la vi por mucho tiempo, hasta que un día la encontré entre tantos archivos y no pude evitar pensar que, aún sin ser fotógrafo en ese entonces, ya aplicaba de manera instintiva muchos elementos que definirían mi forma de componer: marcos para encuadrar objetos, líneas que atraviesan la escena y esa constante relación entre el ingenio humano y lo natural.
En esta imagen, el teleférico no es solo el sujeto, sino un punto de conexión entre el lugar y la tecnología. Los cables generan líneas diagonales que guían la mirada hacia el funicular, creando profundidad y reforzando la sensación de altura y distancia. El paisaje no es un simple fondo, sino un elemento esencial que da escala y contexto, enmarcando el teleférico dentro de su entorno, entre la neblina y la montaña.
Es curioso ver cómo, sin planearlo demasiado, ya estaba componiendo de una manera que hoy sigue definiendo mi fotografía.