Esta es una de esas fotos que no recuerdo dónde la hice, pero es uno de esos lugares que automáticamente sientes que "hay algo".
Las alturas me dan un poco -bastante- mal rollo, pero sigo encontrando lugares donde veo hacia abajo y decido hacer una foto.
El encuadre y la perspectiva en esta imagen refuerzan precisamente esa sensación de vértigo que me provoca mirar hacia abajo. La repetición de los marcos de la escalera, disminuyendo en tamaño hasta perderse en la oscuridad, genera una profundidad infinita que transmite incertidumbre y atracción al mismo tiempo. La iluminación tenue, con luces y sombras marcando los bordes de la estructura, enfatiza el misterio del lugar y guía la mirada hacia un punto sin aparente final.
Más allá de la geometría y la simetría de la composición, la fotografía se convierte en una representación visual de la sensación de vértigo, una manera de plasmar en imagen aquello que me inquieta. Es curioso cómo la técnica puede ser más que una herramienta: aquí se convierte en lenguaje, en una forma de enfrentar el miedo y, al mismo tiempo, de convertirlo en arte.